Vivimos en una sociedad blisterizada.
No es una definición académica ni falta que hace, es mía. Llevo unos días dándole vueltas. Una metáfora bastante precisa de nuestro tiempo. La del ciudadano medio actual, que ha convertido su relación con el mundo real en una experiencia envasada, higienizada, troceada y cómoda. Una sociedad que quiere consumirlo todo, pero no quiere saber del origen de nada. Y, sobre todo, una sociedad que ha decidido escandalizarse selectivamente.
La blisterización de la vida consiste en eso: en aceptar con absoluta normalidad la carne perfectamente cortada, fileteada, pesada, etiquetada y plastificada en el lineal del supermercado, mientras se condena con superioridad moral cualquier actividad que recuerde que esa carne, antes de ser producto, fue animal; que, antes de ser bandeja, fue campo; y que, antes de ser compra semanal, hubo vida, muerte, sangre y trabajo. Le pese a quien le pese, es así.
La sociedad blisterizada no quiere naturaleza: quiere paisaje. No quiere campo: quiere escapada rural de fin de semana. No quiere animales salvajes: quiere documentales, mascotas y ciervos fotogénicos al amanecer, siempre que no molesten en la carretera y no exijan ninguna intervención humana que rompa su fantasía infantil de la naturaleza como un decorado de cuento.
Es la misma que llama “asesina” a la caza mientras llena el carro con blísters de pechugas de pollo, hamburguesas de ternera, lomo de cerdo y bandejas de carne adobada en oferta para hacer la barbacoa con sus amigos. Carne que aparece por generación espontánea. Carne sin muerte. Carne sin animal. Carne sin responsabilidad. La sociedad blisterizada no discute tanto la muerte de un animal como la incomodidad de tener que asumir que participa de ella.
Porque esa es otra de sus grandes señas de identidad: la externalización de la culpa. Todo lo que ensucia, mata, desgasta o contradice el relato limpio de la vida moderna debe ocurrir lejos, fuera de plano, en silencio y, a ser posible, en manos de otros. Otros que produzcan, otros que limpien, otros que maten, otros que gestionen, otros que resuelvan las consecuencias de una realidad que luego será juzgada desde la pantalla del móvil, con café de especialidad en la mano y una ignorancia orgullosamente militante.
No se trata aquí de idealizar nada. La caza, como toda actividad humana, exige ética, límites, responsabilidad y autocrítica. Pero al menos parte de una verdad elemental: reconoce el origen de las cosas. Reconoce el animal, el monte, el esfuerzo, el lance, la carne y el sentido profundo de aprovechar lo obtenido. Frente a eso, la sociedad blisterizada representa lo contrario: la desvinculación absoluta entre consumo y conciencia.
Hemos criado generaciones enteras que saben interpretar mejor una etiqueta “bio” que una huella en el suelo. Gente capaz de indignarse porque un cazador abate su presa, pero completamente incapaz de explicar de dónde sale la carne que come tres veces por semana. Personas que confunden sensibilidad con desconocimiento y moralidad con distancia. Que creen que no participar directamente en algo las vuelve inocentes, cuando en realidad solo las vuelve dependientes de un sistema industrial que prefieren no examinar demasiado.
La blisterización también es cultural. Hemos plastificado el lenguaje, la experiencia y hasta el juicio. Todo debe venir masticado, empaquetado en consignas simples: bueno o malo, civilizado o bárbaro, moderno o antiguo. La sociedad blisterizada presume de modernidad, pero muchas veces no es más que ignorancia práctica e interesada. Ha perdido el contacto con la tierra, con los procesos y con el sentido material de la vida. Consume sin saber, opina sin conocer y condena sin hacerse preguntas. Todo muy limpio, todo muy cómodo, todo muy envasado.
Quizá por eso la caza incomoda tanto a algunos: porque desprecinta la realidad.
La saca del blister.
Jose de CazaPop