Humanizar los animales

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La moda de los “perrhijos” y lo que implica para el campo

Hoy se publica en un periodico nacional un articulo que hablaba de un fenómeno cada vez más presente: el auge de los llamados “perrhijos”. Es decir, perros tratados literalmente como hijos. Según contaban, en España hay más de diez millones de perros y buena parte de ellos han pasado de ser animales de compañía a ocupar un lugar casi idéntico al de un miembro de la familia. No hablamos solo de dormir en la cama o comer piensos gourmet, sino de celebrar cumpleaños, contratar seguros de salud, apuntarlos a guarderías y, en algunos casos, vestirlos con ropa a medida. La tendencia no es exclusiva de las ciudades, pero sí que se ve con más fuerza en los entornos urbanos, donde muchas personas jóvenes aplazan tener hijos o simplemente no quieren formar una familia tradicional y, en su lugar, encuentran en el perro un sustituto emocional.

Desde el mundo rural, esta nueva visión suscita bastantes dudas y recelos. No porque se rechace el afecto a los animales –en el campo se han criado perros siempre con cariño y respeto–, sino porque esta humanización excesiva se aleja mucho de la relación práctica y natural que siempre ha existido entre el ser humano y el perro. Para nosotros, un perro es ante todo un compañero. Un aliado imprescindible en la caza menor, en la guarda del ganado, en el pastoreo o incluso en la protección de la casa. Los lazos de afecto son reales, pero están equilibrados con la conciencia de que el animal tiene unas necesidades propias y una función específica. 

Uno de los principales riesgos de este fenómeno es que los perros pierdan su esencia. Cuando un animal se cría en un ambiente de sobreprotección constante, se le priva de experiencias que forjan su carácter. Un perro que no sale al campo, que no se acostumbra a los cambios de clima o que se estresa ante cualquier estímulo imprevisto difícilmente podrá desempeñar un papel activo en un entorno rural. Lo mismo sucede con los instintos de caza o guarda: si el animal se ve siempre como un ser delicado al que hay que evitarle cualquier esfuerzo, poco a poco irá perdiendo capacidades que durante siglos se han seleccionado y potenciado.

Otra cuestión importante es la relación jerárquica que tradicionalmente ha existido entre el hombre y el perro. No se trata de dominación en un sentido negativo, sino de que el perro necesita saber cuál es su lugar y a quién debe obedecer. Es la base de una relación de confianza y eficacia. Cuando se humaniza a un perro hasta el punto de situarlo en el mismo plano que un hijo, esa jerarquía se diluye. El resultado, en muchos casos, son perros que no atienden órdenes, que no saben gestionar la frustración o que desarrollan problemas de conducta. Esto no solo dificulta su manejo, sino que puede poner en riesgo al ganado o incluso a las personas.

Hay una diferencia muy grande entre cuidar responsablemente de un animal y convertirlo en una persona. El respeto al perro empieza por reconocer su naturaleza y su papel, no por vestirlo de humano. La tendencia de los “perrhijos” es una moda que seguramente responde a los cambios demográficos y sociales de la ciudad, pero en el mundo rural puede suponer la pérdida de un vínculo más auténtico y equilibrado.

Quizá haya quien piense que estas diferencias culturales son irreconciliables, pero conviene reflexionar. Si algo hemos aprendido en la caza y en el campo es que cada animal tiene su sitio y su dignidad, sin necesidad de disfrazarlo de otra cosa. Y que, precisamente por eso, merece todo nuestro respeto.

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