Tras los últimos incendios, algunas organizaciones ecologistas han pedido suspender la actividad cinegética en los terrenos calcinados. Argumentan que la fauna está más vulnerable y que cualquier presión extra puede ser negativa.
Sin embargo, desde el sector cinegético se recuerda algo fundamental: la caza no es solo ocio, también es gestión del territorio.
Después de un incendio, el monte queda desequilibrado. Los animales se desplazan en busca de alimento y agua, se concentran en áreas concretas aumentando los daños en cultivos y carreteras, y especies oportunistas como el jabalí pueden expandirse rápidamente sin control.
En ese escenario, la caza regulada se convierte en un aliado fundamental para restablecer el equilibrio y evitar que la presión sobre el entorno se dispare.
Suspender totalmente la caza podría tener efectos contrarios a lo que se busca. Puede aumentar el riesgo de accidentes de tráfico por fauna descontrolada, incrementar los daños agrícolas en un momento delicado y favorecer la pérdida de biodiversidad al permitir que especies superpobladas desplacen a otras en recuperación.
En cambio, permitir la caza con planificación y bajo criterios técnicos ayuda a que la recuperación del ecosistema sea más rápida y ordenada.
Los cazadores, los agricultores y las administraciones deben trabajar de manera conjunta. La experiencia demuestra que cuando el sector cinegético se implica se organizan batidas controladas en zonas críticas, se monitorizan las poblaciones de fauna y se colabora en proyectos de recuperación de hábitats.
Lejos de ser un problema, la caza puede ser parte de la solución tras un incendio. Bien gestionada, contribuye a controlar especies, proteger cultivos, reducir riesgos y favorecer que el monte vuelva a la vida. Porque al final, la caza responsable no es lo contrario de la conservación: es una herramienta de gestión al servicio de la naturaleza.
Jose de CazaPop
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